Un deporte que se juega con los pies no puede ser refinado. Un deporte que se juega al aire libre sobre el caprichoso césped no puede aspirar a la estética ni a la métrica. Lo suyo, en el fútbol, es otra cosa: abandonarnos a la imprecisión, asumir el destino, tolerar que hay cien maneras de introducir un balón ingobernable en una enorme portería apenas protegida por un hombre. Emocionarnos con esta danza esperpéntica de patadas y porfía es en buena parte el resultado de la imprecisión de su resultado. Que el número ciento cincuenta de la ATP venza al número uno de la ATP es un milagro. Que un Segunda B elimine al equipo más rico de España es, hoy por hoy, parte de la historia de este deporte.
Lo que rodea al fútbol, esos alrededores de los que presumimos en este blog, basculan también entre la chabacanería y la exquisitez. En ambos estadios los extremos dan grima. Encuentro una necesidad casi ridícula de justificar el fútbol de una forma intelectual, de dotarlo de sentido trágico y universal. Como si la vulgaridad del fútbol no fuera suficiente para su disfrute, como si este deporte necesitara una membrana literaria y sociopolítica para alcanzar estatus de hito comunitario.
El forofismo y tendenciosidad de la prensa mayoritaria ha engendrado una respuesta que en buena parte amanera el lenguaje futbolístico. Lo eleva artificialmente a un estado que no es realmente al que esta disciplina física pertenece. La ductilidad de este deporte permite muchas lecturas, algunas groseras y otras profundamente fingidas. Como si nos justificáramos por amar la brega, como si tuviéramos que excusarnos por disfrutar bárbaramente de un partido, como si tuviéramos que poner en pie una estructura cultural en torno a un deporte tosco de cara a la sociedad.
Hay una suerte de terrenos comunes, repetidos hasta la náusea, en el tratamiento que medios y aficionados dan al fútbol. El maniqueísmo y el desconocimiento han convertido a este deporte en el blanco de los dardos de la intelectualidad más intransigente. A pesar de las notables excepciones -siempre a Camus en la cabeza, también Serrat o Galeano por nombrar algunas debilidades-, se sigue teniendo la idea de que el balompié es un entretenimiento idiotizante y aún es común oír eso de “no te pega que te guste el fútbol” por el mero hecho de leer libros o simplemente por hablar con cierta coherencia, esto es, sin balbucear.
A rebufo de esta presión parece ganar fuerza un reverso fino, afectado, que trata de convertir al fútbol en una expresión culta, casi filosófica. No digo que haya que negar ese lado universal y reflexivo del deporte, pero desde luego no debemos despreciar lo que de tosco, enrevesado, parcial y rudimentario alberga. Huele a comida recién preparada, como si los nuevos comunicadores hayan mezclado la contextualización de Enric González, la espontaneidad de Carlin, la precisión futbolística de Segurola, los conocimientos y sensibilidad de Axel Torres. Todo metido en un potaje que pretende salvar el lenguaje y el concepto futbolístico. Si bien los resultados, bienintencionados, no terminan de cuajar por una razón obvia: ninguno de estos cuatro referentes ignoran el lado más zafio y gualdrapa de este fenómeno. Lo interiorizan, lo matizan, pero nunca se elevan hasta el punto de perder de vista el césped levantado, el olor a sudor y el plantillazo inoportuno. Mucho de lo que he leído últimamente me resulta artificial, lejano, pretendidamente ejemplarizante. No hay nada menos honesto que escribir lo que la gente quiere leer. Son buenos referentes pero da la sensación de que se ha cogido el ingrediente menos auténtico de su postulado, el más convencidamente lejano del mainstream periodístico. Si algo tienen estos cuatro escritores es haber vencido a la cotidianidad con sus mismas armas, no se han evadido, han forcejeado de tú a tú en el mismo campo y todos han ganado.
La trascendencia es un funámbulo caminando sobre el vacío. Lo que quiere ir más allá tiene siempre el riesgo de quedarse a medias, de caer en la nadería. Tan loable es tratar de ir más allá como sano es valorar el resultado. La intención no es siempre lo que cuenta, al menos, no en la creación. El fútbol es de por sí lo suficientemente trágico, injusto y plástico que su puesta en altar sólo sirve para ahuyentar el sabor auténtico del espectáculo. Hay maneras de afrontar un texto sobre fútbol, puedes empezar en el punto central del campo o en las calles aledañas del estadio pero siempre hay que hacer girar las ideas en torno a la mecánica básica de una esfera incontrolable. Todo lo que se escape de ahí, todo lo que pierda la perspectiva del fenómeno ordinario, termina anclándose en las aguas pálidas de lo inane. Ni los datos, ni los sesgos sociales, ni las desdichas íntimas pueden hacer olvidar que el fútbol es un deporte de la colectividad para la colectividad y en eso reside su encanto, en la calle y en su idioma global.
No pretendo criticar los pasos adelante, pero me siento tan lejos de la morralla editorial de los periódicos mayoritarios como de la artificiosidad y wikipedismo de muchas publicaciones minoritarias actuales. La calidad es la vara de medir, la emoción si se permite. No basta con hablar de un equipo humilde de Malawi sino lograr hacernos parte de sus vivencias. La calidad no está en el tema sino en el enfoque, en la capacidad humana para mostrarnos una realidad que no es la nuestra. Y eso no lo da Larousse ni lo da la hemeroteca, eso sólo se consigue desde la honestidad, nunca a través del oportunismo o la moda. No es sólo lo que se escribe, también lo que se comenta, el cómo se vive. Esta manera de entender el fútbol como un fenómeno plástico, como si Nureyev se hubiera quitado las zapatillas para calzarse unas botas de tacos. Como si Guardiola, Sacchi, Mourinho y Cruyff no pudieran compartir el mismo espacio sobre la tierra o en nuestros corazones.
La tragedia, el disparate, son esenciales al fútbol. También lo es la superación, el florecimiento entre la miseria, la presión política, la homofobia, la soledad del ganador, el fracaso. El deporte, como fenómeno universal está cargado de humanidad, y el ser humano tiene luz y sombra en su interior. Soy humano y nada de lo futbolístico me es ajeno, dándole una vuelta de tuerca a Terencio.
Los inspiradores, los que lo consiguen, van de las patatas al filete sin inmutarse, con elegancia y exactitud. Mucho de lo que se escribe ahora sigue rumiando la patata sin el mínimo interés en hincar el diente a la esencia sangrante de esta realidad. Por el miedo al colesterol, por el miedo a mancharse de barro. El rigor ha sobrepasado a la emoción. Hay más hueco que carne y esta moda por la relevancia está ahondando en el problema: bonitos artículos descargados de nervio, del ímpetu propio de un lance futbolístico.
No sé hacia donde nos lleva la mutación. Yo me siento incómodo en esta cama, como tras una larga e insomne noche. Hay mucho de impostado en el nuevo lenguaje futbolístico, muy poca espontaneidad, una cortesía y blandura que vacían al fútbol de su esencia popular, de su sencillez universal, de su embrujo colectivo. Hay en los alrededores una nueva urbanización desde la que no se ve el campo de fútbol. Cuando uno lee a Enric González parece oler el césped mojado, cuando uno lee a Sid Lowe parece estar rodeado de aficionados gritones, cuando uno lee a Carlin parece escuchar el eco del entrenador en el vestuario; pero cuando uno lee mucho de lo que se publica ahora no pasa de oler el papel caro, nuevo y brillante, se siente rodeado de iluminados, parabólicos, estadistas o sesudos y tiene la sensación de escuchar un relato aburrido y mecánico sobre un deporte que ya no parece ni el mismo.

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