13.1.12

Marcelo no falla


Como ya sabeis practicamente todos, Marcelo se nos va, se vuelve a Argentina. Y yo creo que eso se merece una celebración a la altura y hasta una concesión a la nostalgia.

Algunos recordareis el primer partido de futbol que jugó el Torpedo en el campo de tierra de Vallbona. Lo más relevante aquel día fué que Juste se jodió el brazo y que significó la primera victoria del equipo en un campo de futbol 11. Fué nuestro estreno en el futbol de verdad. Sin embargo yo tengo grabado de ese día el recital que Marcelo y Kiko dieron repeliendo los ataques de Vueling durante 90 minutos. Y es que aquello fué un bombardeo en toda regla. Ese sábado descubrimos que eramos un equipo de futbol porque teníamos unos defensas de verdad: rápidos, de pierna firme, seguros por alto y que no se arrugaban cuando iban al choque.


Meses después descubrí que cada vez que daba un mal pase en el medio del campo, una vocecita me susurraba de imediato "bien Xavi, bien..." Así aparecía siempre Marcelo, el primero en echar un cable tras la pifia, el apoyo discreto que siempre estaba. Y es que si lo pensais vereis que Marcelo siempre ha estado: en el campo, en los entrenamientos, en las cervezas de después, en las celebraciones, en los asados...Marcelo no falla. Y es por todas estas cosas y tantísimas más que me dejo que lo vamos a echar mucho de menos.


Cubierta la dosis de nostalgia, pasemos ahora a lo que interesa, la celebración. La propuesta, como no, es hacer un asado. Intentaremos encontrar una terraza o un sitio adecuados, sinó buscaríamos un restaurante. La fecha propongo que sea el domingo 22 de enero, el día después de jugar contra Manchester y antes de que Marcelo coja el avión.

Como lo veis, quien se apunta?

Y hasta el surf

12.1.12

2.12.11

Un debate extemporáneo sobre la pretendida profundidad del fútbol

Robado de DDF, pertinente reflexión de Antonio Agredano

Un deporte que se juega con los pies no puede ser refinado. Un deporte que se juega al aire libre sobre el caprichoso césped no puede aspirar a la estética ni a la métrica. Lo suyo, en el fútbol, es otra cosa: abandonarnos a la imprecisión, asumir el destino, tolerar que hay cien maneras de introducir un balón ingobernable en una enorme portería apenas protegida por un hombre. Emocionarnos con esta danza esperpéntica de patadas y porfía es en buena parte el resultado de la imprecisión de su resultado. Que el número ciento cincuenta de la ATP venza al número uno de la ATP es un milagro. Que un Segunda B elimine al equipo más rico de España es, hoy por hoy, parte de la historia de este deporte.

Lo que rodea al fútbol, esos alrededores de los que presumimos en este blog, basculan también entre la chabacanería y la exquisitez. En ambos estadios los extremos dan grima. Encuentro una necesidad casi ridícula de justificar el fútbol de una forma intelectual, de dotarlo de sentido trágico y universal. Como si la vulgaridad del fútbol no fuera suficiente para su disfrute, como si este deporte necesitara una membrana literaria y sociopolítica para alcanzar estatus de hito comunitario.

El forofismo y tendenciosidad de la prensa mayoritaria ha engendrado una respuesta que en buena parte amanera el lenguaje futbolístico. Lo eleva artificialmente a un estado que no es realmente al que esta disciplina física pertenece. La ductilidad de este deporte permite muchas lecturas, algunas groseras y otras profundamente fingidas. Como si nos justificáramos por amar la brega, como si tuviéramos que excusarnos por disfrutar bárbaramente de un partido, como si tuviéramos que poner en pie una estructura cultural en torno a un deporte tosco de cara a la sociedad.

Hay una suerte de terrenos comunes, repetidos hasta la náusea, en el tratamiento que medios y aficionados dan al fútbol. El maniqueísmo y el desconocimiento han convertido a este deporte en el blanco de los dardos de la intelectualidad más intransigente. A pesar de las notables excepciones -siempre a Camus en la cabeza, también Serrat o Galeano por nombrar algunas debilidades-, se sigue teniendo la idea de que el balompié es un entretenimiento idiotizante y aún es común oír eso de “no te pega que te guste el fútbol” por el mero hecho de leer libros o simplemente por hablar con cierta coherencia, esto es, sin balbucear.

A rebufo de esta presión parece ganar fuerza un reverso fino, afectado, que trata de convertir al fútbol en una expresión culta, casi filosófica. No digo que haya que negar ese lado universal y reflexivo del deporte, pero desde luego no debemos despreciar lo que de tosco, enrevesado, parcial y rudimentario alberga. Huele a comida recién preparada, como si los nuevos comunicadores hayan mezclado la contextualización de Enric González, la espontaneidad de Carlin, la precisión futbolística de Segurola, los conocimientos y sensibilidad de Axel Torres. Todo metido en un potaje que pretende salvar el lenguaje y el concepto futbolístico. Si bien los resultados, bienintencionados, no terminan de cuajar por una razón obvia: ninguno de estos cuatro referentes ignoran el lado más zafio y gualdrapa de este fenómeno. Lo interiorizan, lo matizan, pero nunca se elevan hasta el punto de perder de vista el césped levantado, el olor a sudor y el plantillazo inoportuno. Mucho de lo que he leído últimamente me resulta artificial, lejano, pretendidamente ejemplarizante. No hay nada menos honesto que escribir lo que la gente quiere leer. Son buenos referentes pero da la sensación de que se ha cogido el ingrediente menos auténtico de su postulado, el más convencidamente lejano del mainstream periodístico. Si algo tienen estos cuatro escritores es haber vencido a la cotidianidad con sus mismas armas, no se han evadido, han forcejeado de tú a tú en el mismo campo y todos han ganado.

La trascendencia es un funámbulo caminando sobre el vacío. Lo que quiere ir más allá tiene siempre el riesgo de quedarse a medias, de caer en la nadería. Tan loable es tratar de ir más allá como sano es valorar el resultado. La intención no es siempre lo que cuenta, al menos, no en la creación. El fútbol es de por sí lo suficientemente trágico, injusto y plástico que su puesta en altar sólo sirve para ahuyentar el sabor auténtico del espectáculo. Hay maneras de afrontar un texto sobre fútbol, puedes empezar en el punto central del campo o en las calles aledañas del estadio pero siempre hay que hacer girar las ideas en torno a la mecánica básica de una esfera incontrolable. Todo lo que se escape de ahí, todo lo que pierda la perspectiva del fenómeno ordinario, termina anclándose en las aguas pálidas de lo inane. Ni los datos, ni los sesgos sociales, ni las desdichas íntimas pueden hacer olvidar que el fútbol es un deporte de la colectividad para la colectividad y en eso reside su encanto, en la calle y en su idioma global.

No pretendo criticar los pasos adelante, pero me siento tan lejos de la morralla editorial de los periódicos mayoritarios como de la artificiosidad y wikipedismo de muchas publicaciones minoritarias actuales. La calidad es la vara de medir, la emoción si se permite. No basta con hablar de un equipo humilde de Malawi sino lograr hacernos parte de sus vivencias. La calidad no está en el tema sino en el enfoque, en la capacidad humana para mostrarnos una realidad que no es la nuestra. Y eso no lo da Larousse ni lo da la hemeroteca, eso sólo se consigue desde la honestidad, nunca a través del oportunismo o la moda. No es sólo lo que se escribe, también lo que se comenta, el cómo se vive. Esta manera de entender el fútbol como un fenómeno plástico, como si Nureyev se hubiera quitado las zapatillas para calzarse unas botas de tacos. Como si Guardiola, Sacchi, Mourinho y Cruyff no pudieran compartir el mismo espacio sobre la tierra o en nuestros corazones.

La tragedia, el disparate, son esenciales al fútbol. También lo es la superación, el florecimiento entre la miseria, la presión política, la homofobia, la soledad del ganador, el fracaso. El deporte, como fenómeno universal está cargado de humanidad, y el ser humano tiene luz y sombra en su interior. Soy humano y nada de lo futbolístico me es ajeno, dándole una vuelta de tuerca a Terencio.

Los inspiradores, los que lo consiguen, van de las patatas al filete sin inmutarse, con elegancia y exactitud. Mucho de lo que se escribe ahora sigue rumiando la patata sin el mínimo interés en hincar el diente a la esencia sangrante de esta realidad. Por el miedo al colesterol, por el miedo a mancharse de barro. El rigor ha sobrepasado a la emoción. Hay más hueco que carne y esta moda por la relevancia está ahondando en el problema: bonitos artículos descargados de nervio, del ímpetu propio de un lance futbolístico.

No sé hacia donde nos lleva la mutación. Yo me siento incómodo en esta cama, como tras una larga e insomne noche. Hay mucho de impostado en el nuevo lenguaje futbolístico, muy poca espontaneidad, una cortesía y blandura que vacían al fútbol de su esencia popular, de su sencillez universal, de su embrujo colectivo. Hay en los alrededores una nueva urbanización desde la que no se ve el campo de fútbol. Cuando uno lee a Enric González parece oler el césped mojado, cuando uno lee a Sid Lowe parece estar rodeado de aficionados gritones, cuando uno lee a Carlin parece escuchar el eco del entrenador en el vestuario; pero cuando uno lee mucho de lo que se publica ahora no pasa de oler el papel caro, nuevo y brillante, se siente rodeado de iluminados, parabólicos, estadistas o sesudos y tiene la sensación de escuchar un relato aburrido y mecánico sobre un deporte que ya no parece ni el mismo.

17.10.11

Que nos quiten lo bailao


Solo llevamos dos jornadas y hemos jugado contra algunos de los equipos más flojos, pero en el equipo hay quien se está tocando muy mucho.

29.7.11

Paolo Sollier, algo en la mollera


Por Sergio Cortina de Diarios de Futbol

Melena y barba desbarajustadas, arriba hay un puño cerrado, de peón, para saludar a la grada del viejo estadio de Santa Giuliana. El que tras fichar de salida en la Fiat no pierde un segundo y esprinta hacia las reuniones del sindicato es el mismo que emboca la pelotita cada domingo para que su equipo pueda asomarse por primera vez a la Serie A. Ese barbas que trabaja el gol en el Perugia 74 es una anómalía a todas luces. Como muchos jóvenes de la época calza a la izquierda, sí, pero siendo futbolista jamás lo oculta y acaba convirtiéndose en la excepción del gremio. Cromo indeleble con alquiler vitalicio en la memoria italiana, pasea enfundado en la roja del Perugia Paolo Sollier, mediapunta y militante.

Poco más que un currante del infrafútbol, un número trajinando en la C para la Pro Vercelli y la Cossatese alcanza fama cuando asciende con el Perugia y pone la primera piedra del equipo que asombraría a Italia años más tarde rozando el scudetto. No era un prodigio depositándola contra la malla pero cuando buscas material suyo y encuentras únicamente entrevistas atentas a su circunstancia política intuyes la clase de icono que tienes enfrente. A continuación miras la imagen del universitario Sollier, bolso a cuestas con los apuntes de Ciencias Políticas y Leyes, posando para la prensa mientras ojea Il Manifesto y acabas por entenderlo.

“Siempre trabajé de peón y como futbolista. Entraba en el vestuario, me ponía la camiseta y las botas y entraba en otro mundo. El día a día quedaba fuera. Luego me volvía a cambiar, me despedía de todos y volvía a mi vida. Comencé a realizar trabajos sociales en mi barrio, la Vanchiglia (entonces zona obrera en Turín) en una organización católica llamada Manai Tese. Éramos voluntarios. Al crecer me fuy acercando a la izquierda y a la democracia proletaria”. Al aparato Sollier, incluso durante su breve etapa como jugador de Primera miembro activo de la Avanguardia Operaia, la organización obrera de extrema izquierda nacida de la efervescencia del 68.

Su diferencia. “Había pocos jugadores que quisieran hablar de política. De los grandes de la época tan solo Gianni Rivera mostró cierto interés por lo que estaba sucediendo, su actividad tras dejar el fútbol (Rivera activo en política desde 1987 al punto de llegar a eurodiputado) demuestra que tenía buena cabeza. Del resto, ninguna noticia”. Al hilo, la rareza de Sollier fue que se mantuvo en sus trece aun cuando saltó a la fama. Mientras otros acarician el volante del último BMW este seguía viviendo en una casa modesta, alejada del centro histórico de Perugia y forrada de propaganda política.

Decía Sollier que no se consideraba diferente al resto tan solo porque los aficionados le idolatrasen (a la izquierda de Dios solían cantarle) y que sus intereses en la vida, su pasión era la fotografía, no terminaban en el fútbol. Quizá por ello se hartó fútbol de élite a las primeras de cambio y tras solo una temporada en primera regresó a la B con el Rimini y de nuevo al comienzo del círculo con la Pro Vercelli y la Cossatese. A la C y más abajo. Un romántico, abogó por una visión social del deporte alejado de los disparates del profesionalismo y lleva más de treinta años denunciando los excesos del tifo y el divismo de sus compañeros de profesión. Por todo ello, por tener voz propia en un mundo que acostumbra a acogotar al que tiene algo en la mollera, merece el aplauso. Tan fuerte como el que le brindaba la curva perugina cuando marcaba y alzaba el puño.

28.7.11

Vive le tour!

Aunque este año ya pasó y parece que a Contador le dieron unos entrecots malillos, los Torpedos tambien somos bastante del Tour. Por Perico, por el estilo, por la épica y por las siestas veraniegas. Atención a la peliculita que es muy grande.

Vive le tour! from Bear Thunder on Vimeo.

20.7.11

Lobezno + Anthony Soprano =

12.5.11

El Torpedo Kgafela (y 2)

11.5.11

El Torpedo Kgafela



Ayer tuvimos a un jugador especial en el partidillo de los martes. Kgafela oa Magogodi es un poeta surafricano que está estos días en Barcelona invitado por el Festival Internacional de Poesía. Llegó ayer al mediodía, pero el amigo es tan futbolero que prefirió venirse a darlo todo con el Torpedo en lugar de asistir a la cena-recepción del festival. Kgafela se desenvolvió con soltura y no acusó el jet-lag.
Quien quiera puede verlo recitar esta noche en el Palau de la Música.